Desliz

Cuerpo maldito que caes poco a poco, lentamente.
En cámara lenta.
La suela de la bota mojada se desliza a través de la cerámica que le da uniformidad a la imperfección llamada suelo.
Un desliz.
Un slider de 12 puntos de quiebre.
Un robo de home en un wild pitch.
Una pierna derecha siendo alcanzada por su símil izquierda.
Como acostarse en el aire. Una cama imaginaria en la que esperas recostarte lentamente, poco a poco. Pero no.
El cuerpo, siempre enfermo, cae.
Las manos intentan anticipar al occipital ante la inminente ruptura craneal y, sorprendentemente, lo logran, pero la vértebra no.
Lo primero que comprueba la ley de la gravedad es tu costado posterior derecho.
Eléctrico.
Lo único que se siente es una descarga eléctrica que paraliza tu mente.
Dolor.
El dolor borra toda posibilidad de palabras.
Grito.
Uno, dos, tres, cuatro escalones abajo cae ese bastardo cuerpo.
Duele.
Tener cuerpo duele. Enferma.
Al final de cuentas, ¿alguien realmente conoce su cuerpo?
Blues:
Muy bien, si me vas a matar hazlo ahora. Mátame pero hazlo suave, lento. Llévame, sólo hazlo despacio para sentirlo. Digo, sentir nunca a matado a nadie.

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Foto por Liliana Tapia (@marionrena)

Hotel Chelsea Nights

Jorge entró a su habitación, antes había pasado por el recibidor, ahí con sus grandes luces cálidas saliendo del techo y de las pequeñas pero hermosas lámparas, colocadas sobre mesitas pequeñas color terracota que combinaban con la gran alfombra que aludía a un origen hindú, o al menos, la idea era esa. Se quedaba viendo a las plantas con sus flores y siempre se preguntaba, cada vez que pasaba por ahí, si estas eran naturales o artificiales, le aterraba la idea de que fueran artificiales, los humanos podía destruir todo plastificándolo pero jamás podían matarse a sí mismos, o al menos Jorge no podía terminar con su vida, no podía plastificarse. Nunca había visto el suelo, no sabía si era azulejo, mármol o simplemente concreto pulido, tenía ganas de desprender esa gran alfombra y descubrir qué era lo que tanto lo sostenía sobre esa gran masa de tela, hilada de tal forma que sus colores maravillaran a cada persona que pasara sobre ella, esa era la única misión de la gran alfombra.

Siguió sus pasos, como si por una fracción de segundo él fuera desfasado de su cuerpo, como si sus pies fueran los que decidieran marcar el camino, tal vez su cerebro no estaba en eso llamado encéfalo colocado estratégicamente por encima del cuello, no, no lo estaba, sus sesos estaban en sus pies, ellos dirigían el rumbo y nada de él se quejaba de ello. Je pense avec mes pieds. Sus pies se dirigieron hasta el primer escalón y se detuvieron, su mano derecha tomó el barandal de madera que evitaba que los fanáticos del vértigo se cayeran, al menos, por los costados de los escalones que daban consistencia a una escalera. Jorge evidentemente era uno de esos fanáticos. Apretó con sus cinco dedos la madera, fue entonces cuando sus pies volvieron a poner en marcha todo, primero el derecho, tomó el impulso suficiente para sostenerse mientras que el izquierdo se elevaba lo suficiente hasta el segundo escalón, luego éste sostenía a toda la masa corporal llamada Jorge para que el diestro se abalanzara sobre el tercero y así sucesivamente hasta llegar al primer piso, en donde se encontraba el tan ansiado cuarto de Jorge. En el trayecto cirquero de subir las escaleras, veía pasar a la gente a su costado izquierdo, circulaban sin ningún problema y sin tener que pensar cada maldito paso que los elevaba o los descendía de su estancia previa. Todos iban platicando entre ellos, unos se abstenían de ello pero aquello no impedía que circularan en la tan afamada comunicación, estaban sus miradas directamente clavadas en la pantalla de algún dispositivo y esa acción no los limitaba a subir o a bajar., fue entonces cuando Jorge lo entendió, ya estaban plastificados.

Al encontrarse en el primer piso, sus pies tomaron la brillante decisión de descansar de la masaJorge, es decir, iban a acostar a Jorge en su cama, hacer que se pusiera su pijama, se metiera en su cama y que comenzara otro viaje, uno menos idílico como lo es lo cotidiano, si hay algo sensato en esta vida, es la vida anímica. Jorge ya se posicionaba frente a la puerta de su cuarto, su mano tocó la fría y áspera perilla color dorada y le dio vuelta. Al entrar, notó que su ventana estaba abierta y la corriente del viento hacia que su cortina se moviera sutilmente, como una mujer sabiendo hacer lo suyo, siendo mujer. Quería tocarla, quería sentir cada parte de ella, quería pegar mi asqueroso y seboso cuerpo a ella, quería tensarla, quería que se sintiera angustiada por no estar completamente sola, quería que sintiera mi fuerza sobre ella, que yo la iba a empezar a dirigir a partir de allí, quería oír y sentir su respiración agitada, quería que quisiera hablar y yo no la dejara, que la agarrara justo en donde su garganta se encuentra, la quería quebrar, quería que su voz se quebrara justo al decir mi nombre, que no lo pudiera decir, que se le hubiera hecho imposible llamarme, que no me encontrara, que no le respondiera cuando dijera mi nombre, que mi nombre dejara de existir en su voz, que me matara lentamente conforme su voz hacía que desapareciera como cuando el viento deja de soplar a una cortina, la cortina regresaba a su lugar. Los pies de Jorge decidieron cerrar la ventana y ya estaban a medio paso de ella cuando notó que encima de su cama había un sobre cerrado, no tenía ninguna letra escrita, lo único que había eran unos jugosos labios plasmados en color carmesí sobre la intersección que cierra el sobre, es decir, aquella parte que hace del sobre un sobre. Se extrañó porque aquello significaba que alguien había estado en su habitación, los pies fueron cuidadosos, tomaron todas las precauciones necesarias antes de acercarse a la cama, voltearon hacia un lado, luego al otro y luego a la retaguardia, estaban listos. Se acercaron.

Puso una mano sobre el suave cobertor de su cama y con la otra tomó el sobre. Lo inspeccionó poniéndolo a contraluz para ver qué era lo que contenía, la sombra que se proyectaba a través de la textura del sobre hacía creer que lo único que había adentro era una especie de carta doblada en un rectángulo. Antes de corromper el sobre olió el pintalabios carmesí, imaginó los labios, ¿cómo serían?, ¿qué habrá pensado justo antes de poner sus labios sobre el sobre?, ¿habrá pensado en mí?, ¿quién era? Quería morder sus labios, tan carnosos como sólo ellos, quería poner mi dentadura sobre ellos hasta que exclamara, hasta que dijera basta, hasta que dijera mi nombre, quería escuchar mi nombre salir de sus pulmones, quería ser el aire que circulaba en toda ella, quería estar adentro de ella para salir en forma de mi nombre J O O O O O R R R R R R R R R G E.

La abrió y comenzó a leer:

Querido Jorge:

Vine a verte, no estabas. Quería despedirme antes de que me fuera pero no pude esperar más, mi vuelo va a salir pronto, tú mejor que nadie sabes muy bien todo lo que se tarda uno en llegar al JFK y mi taxi ya me está esperando abajo. Me voy a Roma, cuando estés por allá búscame, no antes. Espero volver a encontrarte o que me encuentres, no sé, pero tampoco es el momento para decidirlo. Hasta pronto.

Natalia

Pinche Nat, se fue. Me dejó aquí sólo con las ganas. Qué absurdo sería ir a buscarla ahorita al aeropuerto, que hueva también. Estoy harto de estar atrapado en este pinche hotel, quiero largarme de aquí. Nadie que viene aquí se queda, todos están de paso menos yo. Nunca más oiré decir mi nombre por su voz. ¿Qué chingados voy a hacer yo en Roma? ¿Qué va a hacer ella en Roma?

Sus pies decidieron moverse, Jorge no quería pero, como habíamos dicho antes, Jorge no decidía su camino, eran sus pies. Por lo que sus pies decidieron acercarse a la ventana que permanecía abierta, él sabía lo que iba a pasar, se iba a plastificar. Tuvo mucho miedo, no quería ser una planta artificial, intenté agarrar con mis manos a mis pies, ellos no cedieron y cada paso que daban eran más y más firmes, Jorge no tenía la fuerza suficiente para detenerlos, intentaba gritar pero justo cuando las palabras atravesaban su garganta se quebraban, se desvanecían, su pie derecho ya se había elevado a la cornisa de la ventana, esperó, tomó fuerzas y se impulsó, su pie izquierdo ahora tomaba la delantera y dio un gran salto, se precipitó gracias a la gravedad y la masaJorge comenzaba a caer, era un abismo cayendo a la calle 23. Tomaba más y más velocidad, aquí nada era relativo, veía las líneas de la calle cada vez más cerca, las luces comenzaban a distorsionarse y yo sólo mantuve el aliento.

Desperté en mi casa, en la Colonia Roma, en la calle de Mérida número 23. Chelsea me despertó con su llanto, volteé y Natalia estaba todavía dormida. Me levanté para ir a darle de comer a la niña, antes entré al baño y me eché agua en la cara para lavarme las lagañas. Al alzar mi mirada hacia el espejo, me encontré con mi imagen, tenía un rasguño y un poco de sangre seca en mi ceja derecha, al tocarla me dolió, la toqué más fuerte y recordé que lo primero que impacto de mi masa en el concreto fue el lado derecho de mi rostro. No supe qué pensar, me vi directamente a los ojos, era yo, Jorge, plastificado. Sí, no hay nada más sincero que la vida anímica.

Fantôme

-Inspirado en la canción “Cornerstone” de los Arctic Monkeys-


Esta es la última vez que te hablo, ya no puedo más. Hoy el día no está soleado, así han sido últimamente, excepto por aquel día. Ya va bastante tiempo desde que ya no estás, trato de no pensar en cómo te fuiste ¿sabes? Cuando las imágenes atacan mi cabeza me pongo muy mal. Es difícil, es duro, como una piedra que se te estampa en la sien y te duelen hasta las muelas, y las aprietas pensando que así pasará más rápido el dolor, pero no, estúpidamente empiezan a doler más y más. La “piedra”, así le llamo cuando viene por mí, es a cualquier hora del día pero sobre todo en la noche, es cuando las piedras se mueven, supongo.


El otro día me pasó algo extraño ¿sabes? Fui al bar al que solíamos ir, no porque yo quisiera pero iba pasando por ahí y el sol estaba de la chingada. Así que entré al “Ángel”, quién sabe cómo se llama de verdad pero ¿recuerdas que siempre le decíamos así? Bueno estaba ahí tomando la cerveza y poco a poco sentía cómo la “piedra” venía directa a mi entre ceja, ahí en medio de los dos ojos, y sabía que tenía que hacer algo porque si no me iba a poner como estúpido ahí frente a la gente. Así que pedí otras dos cervezas y sentí cómo pasaba el mal momento, es como si me fuera a desmayar ¿sabes? Me pongo como todo pálido, feo. Estaba ahí en el bar tomando las cervezas y de repente volteé y creí haberte visto. Ahí estabas, eras tú, o al menos eso pensé, hasta que ya la vi bien y no era tú, era sólo una ilusión pero todo parecía tan real, me acerqué, platicamos y todo iba bien hasta que le hice la pregunta. Le dije que si la podía llamar por tu nombre, ni siquiera me respondió sólo se fue.


Me quedé tomando más cervezas y me puse a pensar si habrás dicho mi nombre cuando estabas con ellos, cuando ellos te tenían, me preguntaba si te habrán atado las manos y puesto la pistola sobre tu cuello, en tu garganta, si habrás sentido su aliento en tu oreja, y yo decía “no, vete pinche piedra, vete”. Tomé un largo trago de cerveza como para ahogarla, a la “piedra”, y cuando levanté la vista ahí estaba una mujer distinta. Vi su cabello y me recordó al tuyo ¿sabes?, cuando lo tenías largo, no había tanta luz en el lugar pero para mí brillaba en medio de toda esa oscuridad, yo sólo me levanté y la fui a besar, no me importó si estaba con alguien más, por suerte no lo estaba, a ella tampoco le importó y me beso así como si nada, estaba igual de borracha que yo. Puso su mano cerca de mi rostro como si me fuera a tocar pero no lo hacía, era como si yo hubiera sido un fantasma y ella no me pudiera tocar, me tomó suavemente del brazo, fue entonces cuando amablemente se lo pedí, “¿Puedes hacerme un favor? Déjame decirte Ana, sólo por esta noche se ella.” Fue entonces que dejé de ser un fantasma en ese lugar, ella me soltó la cachetada más fuerte que me hayan dado jamás, tal vez porque ha sido la única. Las cosas sólo fueron de mal en peor a partir de ahí. Me terminaron corriendo unos tipos enormes del lugar no sin antes tirarme al suelo y patearme en el estómago, me creerás un imbécil, pero desde que te fuiste ese ha sido el único momento donde he sentido algo, el único.


Yo no podía quedarme así, tenía que seguir la noche porque cuando me sacaron de ese lugar me di cuenta que había pasado toda la tarde adentro de ese lugar de mierda. Fui al carro como pude, tropezando con todas las piedras con las que se puede encontrar uno, subí al carro, lo prendí y me puse el cinturón de seguridad y fue ahí cuando la “piedra” destrozó mi cabeza, el maldito olor a tu perfume. Me llegó hasta la nuca, recuerdo el día en que lo pusiste ahí, me dijiste que era para que siempre te oliera, como si tú estuvieras todo el tiempo conmigo, ahora sólo te convertiste en un maldito fantasma más. Las imágenes llegaron, tus gritos en la última llamada, pidiéndome que te rescatara, que te salvara y ese hijo de puta riéndose. ¿Qué te habrán hecho antes de matarte? ¿Pensaste en mí en ese último segundo? Yo corrí, te lo juro, corrí hasta el lugar que me pidieron que dejara el dinero pero fue muy tarde, mi celular sonó y fue la última vez que te escuché, ojalá hubiera sido la última vez que te sintiera para no tener que estarme golpeando la cabeza con el volante.


Pensaba en todo esto mientras manejaba y sin darme cuenta ya estaba afuera de otro bar, en el que nos besamos por primera vez, estabas más hermosa que nunca, yo no sabía si te gustaba pero tenía que arriesgarme. Tu piel, tu cabello, tus labios, tus senos, tu cadera, tus piernas, tu risa, tu olor, todo eso venía en forma de una puta piedra. Un sonido me despertó de tu recuerdo, eran las risas de la mesa del fondo, una mujer que tenía el brazo roto había tirado un tarro de cerveza por estar jugando con la alarma de incendios y todos sus amigos se reían, en ese momento había mucho ruido, yo quería acercarme a ella, quería escucharla, quería sentirla cerca de mi pero no podía hacer nada. En un momento vi que se acerco a la barra en donde estaba yo, no lo pude resistir, se lo tuve que preguntar. Ella tomó una servilleta sin decirme absolutamente nada, le pidió una pluma al mesero y sólo me escribió en una servilleta: “No”, yo le sonreí después de leerlo pero ella ya se había ido.


Seguí tomando cerveza, sabes muy bien que no me gusta tomar otra cosa. El dolor de muelas comenzaba a ceder o simplemente yo dejaba de sentirlo pero el de la cabeza no, no puedes detener tantos pinches pensamientos, saben mentir muy bien como para dejarse atrapar, creemos que nosotros los controlamos pero ellos nos controlan a nosotros, son como una araña que se te trepa a la cabeza y juega contigo como si fueras un muñeco, un títere. Tenía que ir al baño a mojarme el rostro, ahí fue donde te besé, te puse en contra de la pared y tomé tus manos, eras mía, la primera vez de muchas pero ninguna como esa, te quería besar toda, acabar contigo, hacerte mía; mojarme la cara no sirvió de nada, sólo hacía la escena un poco más fluida. Me vi en el espejo y quise recordar tu rostro, no pude ver más que mis ojos, entré en pánico porque tu cara se iba de mi mente, se escondía en los lugares menos visitados por mi pensamiento, en donde los recuerdos se mezclan, yo quería saber en dónde te escondías, cuál era tu escondite y en ese momento no lo entendí pero yo era quien te escondía, estaba más pálido que nunca, me iba a caer, iba desvanecerme, me iba a hacer un fantasma, vi el retrete y vomité. Sólo era un vivo más, fue cuando comprendí que los fantasmas no vomitan más que recuerdos.


Tomé una última cerveza y me largué de ahí. Iba tambaleándome, ya no con piedras, sino con mis pies, tal vez todo ese tiempo habían sido mis propios pies los que pateaban mi cabeza y no piedras. Estaba en eso cuando la vi, eras tú, yo lo sabía, estabas hablando por teléfono, me aseguré que no fueras una ilusión más pero no, eras de carne y hueso, eras tú. Fue cuando te hablé pero tú no respondiste, volví a gritar tu nombre y no volteaste, cuando por fin llegué a tocarte el hombro tampoco eras tú, era tu hermana, pero, digo, ¿quién más se puede parecer tanto a ti como ella? Yo, para entonces, ya estaba llorando, sólo recordaba tus ojos en blanco con ese maldito hoyo en la entre ceja, estabas pálida, ya no tenías ni una sola gota de sangre dentro de ti, tus labios partidos y secos casi azules, recordaba como tomé tus manos, ya no eran suaves, ellas ya no tomaban las mías, eras tú pero ya no lo eras, yo te llamaba pero tú ya no me respondías. Le tuve que preguntar a tu hermana, ella era la única en este mundo que me iba a entender y ella me dijo: “en realidad no debería, pero sí. Puedes llamarme como quieras”.


Ya está amaneciendo y yo sigo aquí intentando hablarte pero tengo que parar o me voy a morir, tengo que intentar dejar los fantasmas para sólo algunas noches, ya no puedo seguir persiguiéndote porque cada vez que te alcanzo, despierto. Sólo por esa noche pude estar contigo de nuevo, esa vez sí me respondiste, sí me tomaste mi mano, tus ojos si me voltearon a ver pero al final yo sabía que tampoco eras tú, que tus ojos jamás me volverían a ver, tal vez porque yo ya no era yo, yo también morí cuando te mataron, yo me fui contigo, yo sólo soy un fantasma más, tú no, tú eres una muerta y sólo espero el día para volver a besarte en ese baño, volver a besar tu cuello, agarrar tus manos, tu cadera, tus senos, olerte, sentirte, tomarte. Sí, esta es la última vez que te hablo, los fantasmas tampoco hablamos, sólo vomitamos recuerdos.

Poesía

¿Qué opinas de la poesía?

No se. Es una forma muy particular de ver al lenguaje, a la escritura misma. Mi padre, la considera necesaria, respecto a eso yo aún no lo sé; digamos que hace falta recorrido en una carretera un tanto amplia y larga.
Retornando. La escritura es la muerte. Lo único que nos marca es la perra muerte, la escritura deja una marca en el papel, lo mata, aunque sea un poco pero lo mata. Mata a un árbol muerto, la muerte mata a lo muerto, ¿lo hará vivir?

Fin

Metro

Lugar: México, D.F.
Situación: Intentar subirse a un vagón de metro, a las 6 de la tarde, estación Tacubaya dirección Barranca del Muerto.
Personaje: Roberto, 24 años, delgado, 1.70 m. de estatura.

El lugar está a reventar, la gente apenas y puede con su alma. Ya van tres “metros” que deja pasar Roberto y sigue encontrándose a cinco filas de la línea amarilla de prevención. Ha sido un día difícil para todos y el regreso en metro a casa es sólo la estación previa al final de la ruta, hogar, para algunos es llegar en safe, para otros es el tercer out del día. Está lloviendo muy fuerte, la línea naranja del metro se encuentra a cinco pasos del infierno y aún así los truenos se llegan a escuchar; el agua escurre por las rendijas que permiten la circulación del aire interno, vaya destino al que fue a parar la planificación de dicha estación de metro, en el calor se convierte en algo muy parecido a un géiser y con la lluvia en una magnífica cascada artificial. Los orines se combinan con el agua gris de la lluvia, mejor panorama, imposible. Con la lluvia el ambiente se vuelva más pesado, el vapor que genera el calor de los cuerpos pegados unos con otros, en su mayoría ya mojados, crea una nebulosa con olor muy particular.

Roberto no puede más, va a vomitar. Tienes que resistir, se dice a sí mismo, no puedes vomitar Roberto. Siempre me he preguntado por qué me hablo, ¿los demás también lo harán? Si yo soy Roberto, ¿por qué le habló a otro Roberto? ¿Qué pensará esa mujer? La de la falda negra con medias de flores, ¿se arrepentirá por usar medias hoy? Digo, seguramente se mojó todititas las piernas y ha de tener un chingo de frío. La neta, ni tiene pierna para usar medias. ¿Por qué carajos estoy aquí? Digo, es absurdo estar viendo que somos un chingo intentando entrar por una puertita por la que también la gente intenta salir. ¿No es absurdo? ¿Por qué insistimos en querer entrar en algo que físicamente es imposible? Dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio. No ponía mucha atención en física pero esa madre nunca se me olvidó. ¿Por qué nunca me enseñaron que dos voces, dos personas, sí pueden ocupar el mismo cuerpo? De seguro que ellos tampoco lo sabían. ¿Alguien sabe algo realmente? Hoy Lucía se veía buenísima. Se llama igual que mi prima, qué cagado. No pude prestar atención a ninguna clase. ¿Por qué sigo en clases? Ya tengo 24 años y sigo tomando clases, ¿no se supone que a esta edad ya debería de estar trabajando o algo? Su piel tan blanca con su cabello café cayendo sobre sus hombros casi como si la estuviera soñando. Como la otra vez que la soñe, estabamos en el metro y no podía pasar el pinche torniquete, como los de la escuela, y ella se iba por el túnel, le gritaba que me esperara y ella se tenía que ir ya. ¿Por qué siempre me atoro en los torniquetes? Tuve que correr para alcanzarla, no había ni una persona en todo el túnel del metro. ¿A dónde se habrá ido? Si no me hubiera despertado antes de ver la luz del metro acercándose tal vez la hubiera visto adentro del vagón. Su olor, es vainilla, lo sé. Pinches orines, ¿por qué los cabrones tienen que orinar en la calle? Bueno, no sé, viven en la calle, ha de estar jodido vivir así, aunque estar aquí adentro con este pinche calor tampoco es la gloria. ¿Qué comerán hoy? ¿qué cenará Lucía hoy? Ojalá me mande un mensaje en la noche, los mensajes en la noche son más chingones. Me quitan el sueño, tengo que seguir imaginando si ella estará pensando en mi, siento como mi estómago se retuerce, aprieto los dientes hasta que me duelen. El dolor y el amor unidos en una sola experiencia, la neta es que nunca están separados. Se ve bien naca la vieja de las medias, de seguro ni se baño hoy, se le ve en lo negro de la nuca. ¿Por qué se cortó el pelo tan chico? Si lo trajera largo ni se le vería la mugre o la grasa o la grasamugre que trae en su asquerosa nuca de viejafeanacagorda. “Casas desde 260,000 pesos” ¿Quién querría vivir en una casa anunciada en el metro de la línea naranja? De seguro que se inundan igual que esta pinche estación. ¿Por qué sigo aquí? Tengo que salir.

Roberto se alejo de la sexta fila en la que se encontraba, con la sorpresa de tener dos más a sus espaldas, nunca se dio cuenta del momento en que un señor de más de 160 kilos se postraba detrás de él. Nunca supo si le costó más salir de esa sexta fila o haber entrado al vagón en otra ocasión. Cuando por fin alcanzó el pasillo de las escaleras eléctricas, escuchó como el “metro” llegaba a la muy abarrotada estación truuuuuuuuuun, dio un último vistazo y vio cómo, por lo menos, cinco rostros venían pegando sus labios a los asquerosos cristales de la puerta del vagón. Sonrió, se alegró de la decisión que había tomado. A sus espaldas se escuchaba cómo los cuerpos chocaban unos con los otros, unos empujando desde las entrañas del vagón por salir, casi como un niño naciendo, pero siendo honestos, nadie en su sano juicio querría nacer en Tacubaya, ni afuera ni adentro, aunque nacer tampoco es un juicio prudente; el otro grupo de cuerpos empujaba desde afuera para entrar por el estrecho espacio generado por los bordes de la puerta, que por más que intentara cerrar y repitiendo “Permita el libre cierre de puertas, gracias” nomás no lograba cerrar, si los otros eran un bebé naciendo, estos lo habían engendrado 9 meses antes y para el sexo no hay sano juicio, seguramente en Tacubaya muchos sí querrían tener sexo afuera o adentro, al final de eso se trata, del famoso metesaca de Alex y para tener sexo, sea en Cuba o en Tacuba, el chiste es el Ya.

Roberto se dirigió en automático hacia la línea café con dirección a Pantitlán, había gente pero no tanta como en la otra. Se subió en el primer vagón que llegó. Fue de pie, había lugares desocupados pero le encantaba ver su reflejo en el cristal de la puerta y verlo atravesado por las luces neón, era un fantasma, o al menos, eso era lo que le gustaba pensar, que cada vez que una luz, a un ritmo muy definido, le pasaba por su rostro, él se convertía en un fantasma. Dejaba el mundo de los zombies que habitan los vagones a esas horas (y en su mayoría) y se volvía en el único fantasma del metro. CHILPANCINGO. Su rostro y el nombre de la estación eran uno solo, eran CHILPABERTO ó ROBERCINGO, cualquiera de los dos era un pésimo nombre para un fantasma. Otra vez entraba en el túnel de las luces, por donde Lucía desapareció en su sueño e intentaba alcanzarla cuando de la nada un metro venía directo hacia él. Fum——fum——fum——fum, las luces otra vez le cubrían sus ojos. Y si de repente despertara. Neta, si en una de esas ¡pam! me despierto, estoy en mi cama y todo fue un sueño, bueno, una pesadilla, porque estar en Tacubaya a las seis de la tarde, lloviendo, no está ni cerquita de ser un sueño. Estaría loquísimo, aunque significaría que Lucía hoy no se veía de pocamadre, pero eso sí que fue de verdad, sus piernas con su jeans pegadísimo y sus botas, su chamarra de piel, sus labios pintados, poco, no mucho, sólo un poco de rosa, juro que me hablaban, sus ojos no están hechos para otros labios sino para mis ojos, me los comía con mis ojos, los besaba con mis ojos, no había necesidad de tocarlos con los míos, seguramente la cagaría, sólo con mis ojos, están hechos para eso. Ojalá no le tuviera que hablar al pendejo de Daniel, me caga, ya sé que ella me ha dicho que ese wey nada pero ojalá él no estuviera, estoy seguro que también ve sus labios, quisiera que sólo yo viera sus labios, nadie más. ¿Y si le escribo, estaría mal? Ojalá ella fuera la que escribiera primero, con que me mandara un simple “hola” yo sabría que quiere que le hable. PATRIOTISMO. Llegué al mismo lugar en el que hace 40 minutos estaba. Que pérdida de tiempo.

Roberto bajó del vagón y subió por las escaleras eléctricas, pasó los torniquetes sin atorarse, pasó el puesto de revistas, sacó su paraguas y subió las escaleras. Aún no estaba oscuro, dio la vuelta en el puesto de periódicos, pasó la fonda, el estacionamiento, la estética, el café, los mariscos, hasta que por fin llegó a la esquina de Patriotismo, una combinación casi surreal, casi, porque para los chilangos el surrealismo está muy sobrevalorado, eso que llaman folklor, es el maldito viacrucis de diario, que sólo es bonito en Semana Santa porque la ciudad está vacía. Lucía vive por aquí, el otro día me lo dijo, “ahí, cerca del Fondo.” Aunque me hubiera dicho exactamente donde vivía no le iría a tocar; quisiera tocarla pero no me atrevería ni tocar el timbre de su puerta, entrar en su casa, caliente porque aquí afuera con la pinche lluvía se me están entumiendo los huesvos, huesos, huesos. Qué cagado, pienso en su casa pero suena como si fuera su cuerpo, no dejo de pensar en su cuerpo, en entrar en él, que pusiera sus piernas cruzadas en las mías y plash, pinchenacodemierda, si ve que la gente está caminando y está lloviendo ¿por qué carajos acelera? Qué bueno que no se donde vive Lucía, si me viera así, todo mojado por agua de charco, qué asco. Me he de ver peor que la vieja de las medias de flores. Al fin llegué. MICHOACÁN. “Uno del día, alto. Gracias. No, solamente.”

Roberto se sentó en las bancas de afuera, la lluvia ya no era tan fuerte y se empezaba a abrir el cielo. El olor de las plantas mojadas, de la lluvia cediendo y del café, todo al mismo tiempo, hacían del momento un contraste diametral del que se seguía desarrollando en la estación Tacubaya. En eso pensaba Roberto ahora. ¿Existen esas personas que están en Tacubaya ahorita? “Un puente es un hombre cruzando el puente” Pinche Cortázar, ¿nos dejaste algo todavía para decir o ya habrás dicho todo lo que vale la pena decir? Tacubaya no existe, o no para mi, Tacubaya es Roberto siendo aplastado en Tacubaya, no más. Lucía es Roberto cruzando a Lucía. Como quisiera cruzarla, no sólo el sexo, obvio quiero eso, pero más allá, cruzar su corazón, un cruzarón, eso debo hacer. Ya, vale madres. “Hola, ¿cómo estás?” ENVIANDO. No mames y si no me responde, ya la cague, no no, cancelar, cancelar ¡cancelar! ENVIADO. ¡Puto celular! NADA. Lo sabía, sabía que no debía escribirle, ahora, mañana que la vea qué oso. Ni modo que no le haya llegado, eso ya no pasa, aunque si no le llegara sería un paro. Ojalá no le haya llegado. Prummmm. “Bien ¿y tú? ¿Qué haces?” ¡No mames! Me respondió, ¿a quién le estoy hablando? De seguro parezco uno de esos locos que están todo el tiempo hablando solos. ¡Ya, ya! Roberto cálmate. “Tomando un café cerca de tu casa, ¿si vives por el Fondo, no?” ENVIADO. ¿No habrá sonado rudo eso? ¿y si piensa que soy un mamón,? Ay, ya me vale. Prummmm. “Sí vivo por ahí, más cerca de michoacán, ¿en cuál estás?” ¿va a venir? ¿ya, así? Yo todo mojado, ¿qué hago? “Estoy en el de michoacán, frente al sushi” ENVIADO. Prummmm “Va espérame, ahí voy” No chingues. Ya wey, tranquilo. La cruzarón, recuerda.

Comenzaba a oscurecer, las luces de la calle y de los negocios comenzaban a prenderse. Roberto vio venir a lo lejos a Lucía, apenas y la podía distinguir a la distincia. ¿Es Lucía? Sí, sí es. Todavía trae su chamarra de piel y sus botas, se ve guapísima. Ahi viene, ya cada vez la veo más cerca, más, ¿por qué me parece eterno? Tal vez me deba de parar y caminar hacia ella. “¡Lucía!” ¿Por qué las luces de la calle están tan fuertes? ¿Qué es esa luz tan fuerte que viene directo a mi? ¿Es mi sueño? ¿Estoy en Tacubaya? ¿Lucía, dónde estás? ¡Lucía! ¡Lucía! ¿La línea amarilla de prevención? Truuuuuuuuuuuuuuuuuuuuunnnnnnnnn.

"Blow it up!"

-¡Velo, velo, velo! ¿Lo sientes? Nomás mira cómo está tocando, hoy está tocando mejor que nunca. Jamás lo había visto tocar así. ¿Lo sientes? ¡Quiero gritar! ¡Aaaaaaaaaaaaaahhhhhh!

-¡Sí, sí, sí! No lo veo ¡lo escucho, lo siento! Ojalá Lou estuviera aquí.

-Ya no pienses en ella, te va a quemar el cerebro, Rodrigo. ¡Escucha, escucha!

-Lo siento Lou. Necesito ir a ese concierto con Luis, va a estar tocando B.J. y tú deberías de venir con nosotros, ¿por qué no quieres venir?

-Porque habíamos dicho que dejarías de escuchar esa música, Rodrigo.

-Pero ¿qué tiene de mala?

-Que la tocan negros, es música de negros.

-No digas estupideces, que yo sepa lo que escuchas no tiene color, sólo notas. Deja de ver Lou, enfócate en escuchar. Si no quieres ver al negro sólo cierra los ojos y escucha la música.

-Algunas personas no estamos acostumbradas a cerrar los ojos ante las cosas desagradables.

-En verdad hoy está mejor que nunca, Rodrigo. Bee bop bop beeee bop ¡Escucha!

-¿Desagradables? ¿Qué tiene de desagradable ver a un músico tocar?

-Que va a estar ahí arrastrándose por todo el piso como una víbora, salpicando su sudor en todos y la gente le va aplaudir por eso. No es correcto, Rodrigo. Además, está a punto de nevar, yo no me pienso congelar por ningún negro, ni por nadie.

-¿Puedes creer que está nevando Rodrigo? Afuera está más frío que la “vg” de Lou y aquí B.J. está que arde. Ja, ja, no te enojes por lo de Lou, sabes que es sólo una broma.

Beeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee, bop. El sólo de B.J. invadía el lugar, Rodrigo y Luis estaban más extasiados que nunca. El público sudaba, sus cuerpos se aplastaban unos contra los otros y parecía no importarles. En la parte de atrás del público, negros con blancas y blancos con negras bailaban, las faldas volaban por el aire, los botones salían volando, era un completo éxtasis. Había una sola venta en el lugar, sólo se veía la nieve caer, la ciudad encendía sus luces y dentro del Joe’s Bar querían apagarlas todas con la música, querían que las vibraciones de las notas reventaran los focos. No querían ver a B.J. soplando el saxofón, querían sentirlo dentro de sus cuerpos, como si  les hiciera el amor allí, a todos, los desnudaba, los movía, los agitaba, los hacía gritar, gemir, sudar y beeeeeeeeeeeeeeeee bop.

-Por favor Lou, hazlo por mí.

-No Rodrigo. Y es mejor que te vayas ya. No me vuelvas a buscar.

-Pero Lou…

-“You’ve reached rock bottom”

-¡Hey! Rockdrigo deja de pensar en Lourdes. Ya, por favor.

Empezaron la batería y el piano a tocar aún más fuerte, de pronto el saxofón entró y la gente sabía que esa era la última de esa noche. Era la última pista que B.J. tocaría, la última pista en la pista más caliente del universo. Luis se acercó al oído de Rodrigo y le susurró “Rock ‘n’ roll Rockdrigo”. Rodrigo sonrió, era su canción, era la canción con la que conoció a Big Jay McNeely.

Las últimas palabras que Lou y Luis le habían dicho se entrecruzaban, se perdían en su cabeza. En ese momento decidió cerrar los ojos: “Rockdrigo/reached rock bottom/escuchando Rock ‘n’ Roll”. Las palabras en su cabeza se mezclaban con la canción que escuchaba, era la canción, era Lou, era Luis, era la nieve, era la ciudad, era él, era el mundo entero en una pista de baile, era el calor, era el frío, era el cielo y el infierno a través de una sola ventana. Era la piedra angular del universo entero y Rodrigo sólo quería cerrar los ojos.

Ya era una roca, sólo le faltaba el roll.

¡Bum!

Escapar/ate - Bernardo Navarro

Vas caminando por la calle, volteas, todo está bien. Sigues tu rumbo viendo las líneas del concreto, no las pisas, las pisas, luego lo piensas bien, mejor las pisas para no caer en un criterio psicopatológico. Sigues, pasas las vitrinas de los comercios que están a tu alrededor: ropa interior, comida para perro, productos de cuero, libros usados, discos, comida para otro tipo de perro. Repentinamente te das cuenta que cada escaparate es lo que tienes en mente, entonces, vuelves a voltear: todas las mujeres con las que has tenido algún tipo de relación; las personas a las que amas pero que han muerto, porque sólo mueren a los que amas, hay que ser sinceros, los demás no mueren porque nunca existieron para ti; todos los comentarios de las redes sociales que has odiado; fotografías de cuando eras pequeño; un rostro, una mirada, que bien no sabes qué es o de qué se trata pero que te cagas de miedo sólo de verlo, y es lo raro, son sólo un par de ojos, nada más, ni siquiera es un rostro, sólo unos putos ojos que te ven. Ver. Va a llover. Lo sabes porque lo hueles, esa humedad que se impregna a tu nariz, volteas la mirada al cielo y ves las nubes grises, cargadas y cagadas de agua, una carcajada te despierta de tu trance nuboso, casi como tu vista, que se pone borrosa como si tuvieras una cortina de niebla en tu iris, pero a ella nadie la despierta.

Sigues tu rumbo.

Intentas comprender qué carajos pasó unos momentos atrás cuando todo lo que pasaba por tu cabeza tomaba forma de escaparate. ¿Escapar o  párate? En ese momento te paraste. Sólo queda escapar.

La primera gota de lluvia se embarra en tus lentes, piensas lo mismo de siempre, “ojalá alguien inventara los limpialentes”. Sabes lo estúpido que eso es pero no lo dejas de pensar, pensar está sumamente sobrevalorado, pensar es estúpido. ¿Qué te queda? ¿Actuar? ¿Pensar, actuar, cuál es la diferencia? Seamos honestos nuevamente, ser un humano es estúpido, aunque cupido no se queda atrás.

Queda una tienda más frente a ti, te sorprendes porque pensaste (¿otra vez? qué malos hábitos) que todas las tiendas habían quedado, de una vez por todas, detrás. La volteas a ver y ahí estás, tú dentro del cristal, ahora, viendo hacia la calle, viéndote directamente a los ojos y no logras distinguir nada más que esa nube frente a tu iris. Es la sensación más extraña que jamás hayas tenido porque sientes que estás en la calle como dentro del cristal. Estás en dos lugares a la vez ¿qué eso no es físicamente imposible?

Pasan días y noches, tú sigues ahí, en la calle, sin pisar las líneas, viendo tu reflejo, viendo la mirada sin cara y no es otra más que la tuya. Ninguno de los dos se mueve por semanas y meses enteros. De repente, el que está dentro del cristal voltea hacia las nubes y dice:

-Oye Ber, ve va a llover, mejor ve.-

-¿Quién eres?- Respondes.

-Yo, Ber.

-¿Llover?

Despiertas.

Abres la cortina, ves la luz pálida que está afuera de tu ventana. Va a llover.

Mejor dejas de pensar.